Estar enamorado

Poema de Francisco Luis Bernárdez

Estar enamorado, amigos, es encontrar
el nombre justo a la vida.
Es dar al fin con las palabras que para hacer
frente a la muerte se precisan.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel
en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que
reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de
la carne respira.
Es contemplar, desde la cumbre de la persona,
la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera
que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz
profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la
perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad
de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado amigos, es descubrir dónde
se juntan cuerpo y alma.
Es percibir en el desierto la cristalina voz de
un río que nos llama.
Es ver el mar desde la torre donde ha quedado
prisionera nuestra infancia.
Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de
cigüeñas y campanas.
Es ocupar un territorio donde conviven los
perfumes y las armas.
Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo
recibirla de su espada.
Es confundir el sentimiento con una hoguera
que del pecho se levanta.
Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo
ser esclavo de la llama.
Es entender la pensativa conversación del
corazón y la distancia.
Es encontrar el derrotero que lleva al reino de
la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de
las noches y los días.
Es olvidar entre los dedos emocionados la
cabeza distraída.
Es recordar a Garcilazo cuando se siente la
canción de una herrería.
Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las
primeras golondrinas.
Es ver la estrella de la tarde por la ventana de
una casa campesina.
Es contemplar un tren que pasa por la montaña
con las luces encendidas.
Es comprender perfectamente que no hay
fronteras entre el sueño y la vigilia.
Es ignorar en qué consiste la diferencia entre
la pena y la alegría.
Es escuchar a medianoche la vagabunda
confesión de la llovizna.
Es divisar en las tinieblas del corazón una
pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio
y tiempo con dulzura.
Es despertarse una mañana con el secreto de
las flores y las frutas.
Es libertarse de sí mismo y estar unido con
las otras criaturas.
Es no saber si son ajenas o son propias las
lejanas amarguras.
Es remontar hasta la fuente las aguas turbias
del torrente de la angustia.
Es compartir la luz del mundo y al mismo
tiempo compartir su noche obscura.
Es asombrarse y alegrarse de que la luna
todavía sea luna.
Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea
de ser hombre es menos dura.
Es empezar a decir siempre, y en adelante no
volver a decir nunca.
Y es, además, amigos míos, estar seguro de
tener las manos puras.

Autor Francisco Luis Bernárdez

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Amor Incondicional

Eres único, diferente de todos los otros.
Sin reserva ni duda, permito que estés en el mundo como eres, sin un pensamiento o palabra de juicio…
No veo error alguno en las cosas que puedas decir, hacer, sentir y creer, porque entiendo que te estás honrando a ti mismo al ser y hacer lo que es verdad para ti.
No puedo recorrer la vida con tus ojos ni verla a través de tu corazón. No he estado donde tú has estado ni experimentado lo que has experimentado, viendo la vida desde tu perspectiva única.
Te aprecio exactamente como eres, siendo tu propia y singular chispa de la Conciencia Infinita, buscando encontrar tu propia forma individual de relacionarte con el mundo.
Sin reserva ni duda, te permito cada elección para que aprendas de la forma que te parezca apropiada.
Es vital que seas tu propia persona y no alguien que yo u otros piensen que “deberías” ser.
No puedo saber lo que es mejor para ti, lo que es verdad para ti o lo que necesitas, porque no sé lo que has elegido aprender, cómo has elegido aprenderlo, con quién o en qué periodo de tiempo.
Solo tú puedes sentir tu voz interna y escuchar lo que ésta te indica, yo sólo tengo la mía.
Reconozco que, aunque sean diferentes entre sí, todas las maneras de percibir y experimentar las diferentes facetas de nuestro mundo, son válidas.
Sin reserva ni duda admito las elecciones que hagas en cada momento. No emito juicio sobre esto porque es imprescindible que honre tu derecho a tu evolución individual, porque esto da poder a ese mismo derecho para mí y para todos los otros.
Sin reserva ni duda, te permito el derecho universal de libre albedrío para andar tu propio camino, creando etapas o manteniéndote quieto cuando sientas que es apropiado para ti.
No puedo ver siempre el cuadro más grande del Orden Divino y así no emitiré juicio sobre si tus pasos son grandes o pequeños, ligeros o pesados o conducen hacia arriba o hacia abajo, porque esto sólo sería mi punto de vista.
Porque es el derecho inalienable de toda vida el elegir su propia evolución, reconozco tu derecho a determinar tu propio futuro.
Con humildad, me postro ante la comprensión de que el camino que veo es mejor para mí, no significa que sea también correcto para ti, que lo que yo creo no es necesariamente verdad para ti.
Sé que eres guiado como yo lo soy, siguiendo tu entusiasmo interno por conocer tu propio camino.
Entiendo que si sólo hubiese una forma de hacer algo, sólo necesitaría haber una persona en el mundo.
Apreciaré tu luz interna única, te comportes o no de la manera en la que considero que deberías, aunque creas en cosas que yo no creo. Aunque caminemos juntos o separados, no voy a dejar de amarte, de honrar tu singularidad y de permitirte ser tú.
Yo no puedo ofrecerte más ayuda que la que tú quieras recibir, pero déjame poner esencias de flores en tu vida…
HERMANOS INDIOS HOPI

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¡Bienvenida Primavera!

En los últimos meses el tiempo se me está manifestando como un proceso que ensancha o encoge los ciclos según mi capacidad de asimilar cada transformación. Observo que la medida de mis tiempos va en función de cuánto tarda en asomar la primavera, despierta y radiante, como culminación íntima de esos procesos de indagación en el retiro interno. Como si la cueva del alma fuese el único abrazo protector cuando zarandea la tempestad y no hay más refugio que el que cada cual puede darse a sí mismo.

Por eso, ¡bienvenida siempre, Primavera! Sea cual sea el momento en el que te manifiestas, ya sea como explosión de vida que se renueva o como implosión de una dicha contenida en el letargo de toda incubación. Bienvenida eres cuando tu aliento sopla en la última fatiga, la que finalmente se rinde a lo evidente y en esa misma aceptación respira tu impulso renovador. Siempre eres, aunque no todas las miradas vean a la vez cómo extiendes tu manto de colores y fragancias en la piel de cada invierno, como si te escondieras a ratos para coser las roturas del tejido vital desgastado por el tiempo. Bienvenida siempre, porque cuando tú asomas y yo te siento, sé que ha merecido la pena el esfuerzo.

Me conduce la imagen a un encuentro en la Cerdanya donde se me entregaron varias prendas para coser. Acepté sin rechistar el encargo de pasarme una mañana haciendo zurcidos. Luego, sin embargo, agradecí por esa meditación con aguja y dedal, pues al mismo tiempo que punteaba a los lados deshilachados de cada roto, sentía que estaba cosiendo un desgarro en el tejido sutil. Hasta que llegué a una prenda cuya rotura era de tales dimensiones que pensé: “No merece la pena el esfuerzo” Fue decirlo y, como una lluvia imparable de retazos e inviernos, se me cayeron encima todos los “no merece la pena” acumulados en la memoria del tiempo.

Por eso eres bienvenida, Primavera, porque llegas a mostrarme tu manto primorosamente cosido, después de haberle encontrado a cada retal su sitio, a cada color sus matices y contrastes, a cada despojo su sentido. Gracias por la comprensión profunda que no hay un basurero donde arrojar lo que no me gusta, que nada queda fuera de mi, que todo está dentro de un mismo proceso: transformación. Pero, sobre todo, llegas para recordarme que siempre merece la pena el esfuerzo de coser en la esencia lo que el tiempo ha roto en el tejido de las relaciones.

Llegas, hoy, ahora, para regalarme este: ¡Sí! Ha merecido la alegría el desgarro, y la tempestad y el proceso, porque, en el empeño de zurcir y entender y aceptar, has podido sentir cómo el amor está bordando con hilos primorosos al otro lado del tejido que vas uniendo... // Angela Castillo

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Cuando el Amor te llame… Khalil Gibran

Cuando el amor te llame, síguelo,
aun cuando su camino sea duro y difícil;
y cuando sus alas te envuelvan, entrégate,
aunque la espada escondida entre ellas te hiera;
y cuando te hable, cree en él,
aunque su voz destroce tus sueños,
tal como el viento del norte devasta los jardines.
Porque así como el amor te corona, así te crucifica;
así como te hace crecer, así te poda;
así como asciende a lo alto y acaricia tus más tiernas ramas,
así descenderá hasta tus raíces y las sacudirá en un abrazo con la tierra.
Como trigo en gavillas él te une a ti mismo.
Te desgarra para desnudarte.
Te pulveriza hasta volverte blanco.
Te amasa hasta que estés flexible y dócil.
Y te asigna luego a su fuego sagrado, para que puedas convertirte en sagrado pan para la fiesta sagrada de Dios.
Todo esto hará el amor en ti para que puedas conocer los secretos de tu corazón y convertirte, por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida. Pero si en tu miedo buscaras solamente la paz y el placer del amor, entonces, es mejor que cubras tu desnudez y te alejes de sus umbrales. Hacia un mundo sin primaveras donde reirás, pero no con toda tu risa, y llorarás, pero no con todas tus lágrimas
El amor no da nada más que a sí mismo y no toma nada más que de sí mismo.
El amor no posee ni es poseído.
Porque el amor es suficiente para el amor.
Y piensa que no puedes dirigir el curso del amor porque él, si te encuentra digno, dirigirá tu curso.
El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.
Pero si amas y debe la necesidad tener anhelos, que tus deseos sean estos:
Fundirse y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.
Saber del dolor de la demasiada ternura.
Ser herido por tu propio conocimiento del amor,
y sangrar voluntaria y alegremente.
Despertarse al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.
Descansar al mediodía y meditar el éxtasis de amar.
Volver al hogar con gratitud en el atardecer.
Y dormir con una plegaria por el amado en el corazón y una canción de alabanza en los labios… Khalil Gibran

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San Valentín

“¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!
Porque, mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido.
Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones es llegado
y se oye el arrullo de la tórtola en nuestra primavera.
Echa la higuera sus yemas, y las viñas en cierne exhalan su fragancia.
¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!”
Cantar de los Cantares

Acude mi voz, amado Arquero, al escuchar el silbido de la flecha, respondiendo a tu canto de siempre, enmudecido tantas veces por los impávidos argumentos del tú y el yo que anteponen su cantinela al verbo enamorado.

Se estiran mis palabras en esta letanía de recuerdos frecuentados, silentes, adheridos a las costras de una llaga que supura humores del sinsentido, o de un porqué sin respuesta, buscando el bálsamo del amor ahí donde no alcanza el entendimiento.

Salen estas frases de la espesura sufriente de tantas heridas que tus ciegos desatinos causaron en mi alma, y ligeras sobrevuelan por un instante la trama indiferente de tantas cicatrices ya resecas que tus fallidos intentos calcaron en mi corazón.

Gritan por detrás de la mordaza los pensamientos confundidos, enredados entre rotos sin saber cómo salir, mas sabiendo que no hay salida sin ti, Amor; y ya por delante, apenas susurran lo que siento en este asomarse por las fisuras que tus flechas inciertas causaron en mis velos.

¡Aquí me levanto, amado Arquero, y vengo! Porque, mira, he despertado del sueño y ya no importa qué ha pasado en esta larga noche de confusiones, de un baile de máscaras que simularon nuestros rostros sagrados, asomándose entre un velo y otro.

Aquí vengo y te espero, Amor, en la plena confianza de que no tiembla tu pulso, por esta vez, ni persiste la ceguera de tu arco. Espero y confío en el acierto de tu flecha sagrada en el sagrado centro de esta Diana que ante ti se expone, ya por fin, sin miedo ni atrevimiento.
Angela Castillo

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Las migajas del mundo

El Hotel Oasis fue el escenario andalusí donde la solidaridad, vestida de elegancia, se sentó a las mesas previamente decoradas con creativas huellas. El llamado al evento bien podría haber sido: “Cena con nosotros esta noche, para que otros puedan comer”. Mas no sólo de pan vive el hombre y los asuntos culinarios nunca rascan más de lo necesario el bolsillo de quienes tenemos satisfecho el  estómago. Así que el reclamo se lanzó como una flecha hacia otro órgano. “Cuando el amor toca tu corazón”. Y, SÍ, nos sentimos tocados por la amenidad, poesía, música, cantos y anécdotas compartidas de los presentes, pero, ante todo, por la cruda realidad de los ausentes, en cuyo favor fuimos convocados.

Según el Diccionario de la Real Academia, solidaridad significa adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros. De otra fuente menos académica y más humana aprendí otro enfoque: SOL y DAR y DAD. Depende de cada cual cómo se vive este asunto, si académica o humanamente. A mi parecer la primera acepción se desmorona en el desglose de su propio significado, haciendo de la ayuda una pálida sombra de la incondicionalidad; en la segunda ya brilla el sol y se acerca más a ese amor que nos adhiere al otro, a lo otro, sin límites ni causas, en toda circunstancia.

La solidaridad sin corazón apenas atenúa el grito callado de quienes digieren nuestras migajas. ¡No es justo!, braman las entrañas en lo profundo. El Amor oye el grito y sabe que no es de otro sino suyo; atiende y ayuda y da, pero sin dejar deuda pues, en esencia, no es a otro más que a sí mismo a quien ampara. En su adhesión sin límites el Amor crea universos con las migajas del mundo.
Angela Castillo

* * *

Postrado a la vera del camino, esperaba que pasara alguien caritativo que me lanzara una moneda. De pronto vi venir un cortejo que rodeaba a una carroza tirada por seis caballos. Pensé: Un gran señor se ha dignado cruzar por esta aldea. Es posible que me deje caer una generosa limosna.
Esperé anhelante mientras la carroza se detuvo enfrente mío. De ella descendió un personaje ricamente ataviado, al que supliqué: ¡Señor, una moneda!… Pero, para mi desconcierto, el gran señor extendió su mano y me preguntó: “¿Tienes algo para darme?”. ¡A mí, al mísero, él le pedía! No podía creerlo, pero seguía delante de mí con la mano tendida…
Vacilando, hurgué en mi raída bolsa, en busca de algo que pudiera dar, algo pequeño que no mermara mis tan escasas pertenencias. Encontré un grano de trigo, que coloqué en esa mano insistente. El me dijo: “¡Gracias!”. Subió a su carroza y se marchó.
En la noche, al llegar a mi albergue, vacié en el suelo el contenido de mi bolsa, buscando algún mendrugo que pudiera servirme de cena y, entre los desechos recolectados, había un grano de trigo de oro. Sollocé amargamente:
¡Señor, debí habértelo dado todo!
Rabindranath Tagore

La Orden Nematollahi, aman y ayudan y  dan y hacen brillar el sol de una sonrisa a través de su Obra social

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Maestría del Amor

Miguel Ruíz (sabiduría Tolteca)

De pequeños el perdón era nuestro instinto natural.
Ahora como grandes, cuando una persona nos hace algo, nos olvidamos de esa persona, la expulsamos de nuestra vida y la tiramos al basurero. El verdadera problema reside en el orgullo.

¡Libérate de tu importancia personal y pide perdón!

En primer lugar haz una lista de todas las personas a las que crees que necesitas pedir perdón, y acto seguido pídeles perdón. Aunque no tengas tiempo de llamar las a todas, pide perdón en tus oraciones y a través de tus sueños.

En segundo lugar, haz una lista de todas las personas a quienes necesitas perdonar (padres, hermanos, amigos etc.). Las palabras y los actos que te hicieron fueron, meramente, la reacción de esa persona a los demonios de su propia mente. Está soñando en el infierno y tú no eres más que un personaje secundario en su sueño. Una vez que cobres esta conciencia, y no te lo tomes como algo personal, la compasión y comprensión te conducirán al perdón. El único medio de recuperar el perdón es volver a practicarlo, y al final puedes comprobar si eres capaz de perdonarte a ti mismo.

El perdón supremo es perdonarte a ti mismo. Perdónate a ti mismo por todo lo que has hecho en tu vida, en tus vidas pasadas. El concepto del karma es verdadero sólo porque creemos que lo es. Por creer: “Así es”, se convierte en algo real para ti. Creas tu karma y tienes que pagar por él. Lo único que tienes que hacer es abandonar esa creencia, negándote a creer en ella, y de este modo harás que desaparezca. No necesitas sufrir, ni pagar por nada; ya pasó. Para que el karma desaparezca bastará con que te perdones a ti mismo.

El perdón es el único medio para limpiar las heridas emocionales. Cuando seas capaz de tocar una herida emocional y ya no sientes dolor, entonces sabrás que verdaderamente has perdonado. El amor es la medicina que acelera el proceso de la curación, sin condiciones, ni justificaciones, ni explicaciones. No seremos capaces de amar a los demás hasta que nos curemos a nos otros mismos. No es posible ser feliz si no te amas a ti mismo. Y si no te amas a ti mismo, tampoco puedes amar a nadie. Si alguien te necesita o si necesitas a alguien, eso no es amor, es un acto de posesión, de egoísmo y de control que no conoce el respeto. Sólo es posible ser feliz cuando el amor emana de ti, cuando sientes un amor incondicional por ti mismo y te entregas por completo a ese amor. Luego dejas de resistirte a la vida, dejas de rechazarte a ti mismo, dejas la culpabilidad. Sencillamente aceptas quien eres y a todas las personas tal como son. Tienes derecho a amar, a sonreír, a ser feliz, a compartir tu amor y a no tener miedo de recibirlo.

La curación se fundamenta en tres puntos muy sencillos: la verdad, el perdón y el amor hacia uno mismo. Si todos los seres humanos empezasen a ser honestos con si mismo, que empezasen a perdonarse los unos a los otros y a amar a todas las personas, dejarían de ser egoístas, estarían abiertos a dar y recibir y no se juzgarían los unos a los otros, luego se acabarían los chismes y el veneno emocional se disolvería. Esto es crear “Cielo en la Tierra”, “Nirvana”, “Tierra prometida”. Puedes elegir vivir el sueño del cielo o el sueño del infierno. Así tienes en tus manos las herramientas necesarias para sanarte.

La cuestión es: ¿Qué vas a hacer con ellas?

Nacemos con el derecho de ser felices, con el derecho a disfrutar de la vida. Quién quiera sufrir, goza de libertad para hacerlo, pero no hay razón para sufrir. El cielo y el infierno están aquí y ahora. Si sufrimos ahora, cuando muramos seguiremos sufriendo porque la mente no se muere con el cerebro. Cuando te responsabilizas de tu vida y de tus actos, tienes el futuro en tus manos y entonces puedes vivir en el cielo mientras el cuerpo aún está vivo. Todo lo que existe es perfecto. Eres perfecto tal y como eres. Eres un maestro. Una vez que te aceptas a ti mismo, esa aceptación se convierta en aceptación completa de todos los demás.

Somos seres humanos y debido a nuestra gran inteligencia aprendemos a reprimir nuestros instintos; no escuchamos lo que proviene del corazón. Respeta tu cuerpo, tu mente, tu alma! Cuando te conviertes en un sabio, controlas tu vida con el corazón, no con la cabeza. Cuando te entregas a tu verdadero yo, te entregas a la Vida, a Dios, luego no hay resistencia, sufrimiento, manipulación… Más resistencia, más sufrimiento.

El sueño es una función de la mente. No juzgues a la gente que está en el infierno, porque también estuviste en él. Si no tienes heridas en el cuerpo emocional, si estás sin veneno emocional, las limitaciones desaparecen y empiezas a ver todas las cosas tal como son y no según un sistema de creencias, empiezas a vivir en el cielo. Cuando cobras conciencia de que eres la fuerza que dominamos la vida, todo es posible. Es el corazón que ora esos milagros. El corazón está en comunión directa con el alma humano, y cuando el corazón habla, algo cambia en tu interior y tu corazón se abre a otro corazón y eso te permite experimentar el verdadero amor.

¡Todo empieza por ti! ¡Imagínate cómo sería el mundo si todos los seres humanos abriesen su corazón y descubriesen el amor en su interior y convertirse en sabios!

Cuando sabes que el poder que es la Vida/Dios, reside en tu interior, aceptas tu propia divinidad, y aun así, eres humilde porque ves que la misma divinidad está en todas las personas. El cuerpo y la mente se disolverán, pero eres inmortal y existes en distintas manifestaciones porque eres vida. El cuerpo es un templo donde reside Dios.

Cuando amas incondicionalmente, estas unido al Espíritu de la vida que se mueve a través de ti.

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Con amor, todo es posible

Estaba pensando en los mares del sur y en el olor dulce de las papayas cuando encontré en mi buzón una de las innumerables cartas mal fotocopiadas que hablan de las vueltas que han dado al mundo para dar buena suerte a los que se lo toman en serio y envían 20, 40 o cien copias de la misma. Nueve vueltas al mundo dando amor y buena suerte, y había sido yo el elegido ¡enhorabuena!. Aunque si en cuatro días no hacía las respectivas copias, encontraba los sobres adecuados y me enteraba de las tarifas de correos para enviarlas, habría roto la cadena. ¡Y esto no es una broma!, sentenciaba. Habría cortado la buena racha, los buenos augurios que se desprenden de algún misionero del caribe, algún filántropo perdido o simplemente uno de tantos milenaristas supersticiosos.

Como digo, a mí me pilló desprevenido, sumergido en las antípodas, rodeado de mulatas de pelo azabache y soñando con todo tipo de olores voluptuosos que hieren la atrofiada sensibilidad de las buenas costumbres. Pero en el fondo de mi alma estaba añorado de amor, de ese amor que se siente, que se anhela, que te hace ir muy hacia atrás o demasiado hacia delante en el tiempo pero que es muy difícil de explicar y, en éstas, la carta no dejaba de decir que, con amor todas las cosas son posibles. «¿Por qué no lo intentas?, me dije».

Heme aquí pues, haciendo una carta de amor. Yo que no he podido ni con aparatos sofisticados ni libros eruditos, ni aún menos con mi pequeña experiencia, distinguir el trecho que media entre el amor terrenal y el Amor divino, ni encontrar clave alguna que pudiera distinguirlos con nitidez. Me veo abocado a una carta incierta que tiene que girar muchas más vueltas alrededor del sol antes de que se corrompa o tome senderos insospechados. No obstante, en este proceso de búsqueda, encontré muchos tipos de amores que ninguno de ellos pude desdeñar, y aún menos elegir:

Hay un amor que todos conocemos, que surge de pronto, informalmente, que sube como la hiedra y que se retuerce cuando no le dejan alcanzar su objeto de amor. Es un amor caliente como las llamas, que se enreda en el sexo formando capas oscuras de placeres y convulsiones orgásmicas. Y que arremete contra el otro y a pesar del otro, sentido como se siente, como una fuerte necesidad imperiosa e incontenible. Pero es un amor que limpia como una catarata o que ahoga con su ímpetu. Tiene que ver con el instinto obcecado, siempre presente. Es un amor fogoso, brabucón y buscavidas, que promete mucho pero que en el fondo es muy frágil. Le gusta hacer risas.

Hay otro amor tan viejo como éste que se mira constantemente en un juego de espejos. Yo, tú, ellos. Un amor que habla de sentir cerca y de sentir lejos. De querer estar entre iguales, confundido, o de rechazar lo diferente, visto como peligroso. Este amor dice: me gusta, no me gusta, y se fusiona y se separa dependiendo de gustos antiquísimos o nuevas imágenes remozadas. Como el otro, éste también se enreda, pero en complejos laberínticos del querer ser, ayudado, no olvidemos, de la capa social que lo nutre. Proyecta y se proyecta, confunde y se confunde, y necesita urgentemente ser aceptado aunque diferente. Es un gran amor propio, totalmente genuino. No hay que llevarle la contraria.

Es diferente del amor ciego. Éste, cuando llega el momento le tiemblan las piernas ante el vértigo del vacío. Su objeto de amor se coloca al otro lado del abismo y le incita, le tienta. Este amor, como Cupido, no tiene otra que vendarse los ojos para poder ver lo que no existe, para trazar puentes inexistentes y deambular como un sonámbulo. Bendito enamoramiento que permite escapar de las viejas prisiones que nos amordazan aunque sea con la precaria pértiga de la idealización. Es el amor ideal que cura las heridas narcisistas. Dicen que no dura mucho.

En cambio el amor esclavo dura toda la vida. Es un amor fijo, inmutable, casi por contrato. Uno secciona la mitad de su ser y lo tira a la basura, el otro hace lo mismo y ambos forman una unidad indisoluble. Ahora bien, ante el menor gesto extraño nacen las suspicacias, los temores y las estrategias de control. La felicidad de uno reside en el otro, y así uno se vuelve cárcel y carcelero. Es el amor de foto en la vitrina mientras se sueña buscando en las basuras no sé qué cosa perdida.

Muy cerquita de éste está el amor odio, que tiene música de tango y letra de bolero. «Ni contigo ni sin ti», así son las cosas. Hay que amar intensamente hasta agotarse. Entonces, en el vacío que queda cuando el otro no te ha dado la imagen más completa, el paraíso anhelado, hay que odiar igual de intensamente –o más– para recuperar las antiguas ruinas de lo que fuimos. Y al descubrir nuevamente el vacío de lo que somos caemos otra vez en la tentación, y así sucesivamente. Hay culebrón asegurado.

En cambio el amor caníbal es un amor más civilizado. Uno de los dos, el más necesitado, el más inseguro, o el que más idolatra al otro, comienza un proceso de transformación. Araña y muerde con facilidad en los encuentros amorosos y dice a menudo «te voy a comer». Detrás de este amor hay una vocación antropofágica, una fijación lobil de los cuentos infantiles. Día a día engullimos partes del otro y las digerimos lentamente para quitarle a éste toda posibilidad de interferencia, para que, de una vez por todas, no traicione nuestro equilibrio interno. No obstante, después del banquete las pesadillas nunca más fueron sueños.

El amor entrega es otra cosa. Es darlo todo por nada, sacrificarse por encima de todo y caiga quien caiga. Lo único importante es dar, estar disponible, cubrir toda necesidad del otro para olvidarse de sí mismo. Como una especie de sopor que envuelve al otro hasta inmovilizarlo, con todo el corazón. Amor de madre, amor nutricio, sabor de leche caliente que todos buscamos, acurrucos fusionales que se pueden dar y quitar. Poderosamente.

Tan poderoso como el amor galante que dice siempre sí. Sí a esto y sí a lo contrario, sin implicarse nunca en nada. Es el buen adulador que echa flores en el jardín ajeno hasta ruborizar a cualquiera, sabiendo de antemano que será bien considerado. Es el astuto mentiroso que descubre el corazón tierno, la vanidad ingenua del otro. Es el amor donjuanesco que busca donde sabe que no encuentra, porque no quiere mirar dentro. Y repite el mismo acto amoroso sin mirar al rostro, diciendo amor cuando lo único que siente es compulsión. Lo descubrirás por su sonrisa.

También encontramos el amor brujo que sabe de todas las artes y hechicerías del amor. Es un amor mágico, envuelto en efluvios magnetizantes, pero también trágico pues mantiene al otro entre las cuerdas del destino y de la predestinación. Es un amor que roba los corazones para hacer sopas espesas o para utilizarlo de almohadilla de agujas y alfileres. Hay que tocar madera.

Estos últimos están muy lejos del amor filántropo. Esas ideas amorosas sobre el género humano, y esas virtudes excelsas puestas en las divinidades pero que en el fondo son pura humanidad. Es el amor que desempolva las viejas utopías para seguir creyendo en que todo tiene un sentido abarcable por nuestras mejores razones. Es la satisfacción de un amor perfecto, platónico que cree no dejar a nadie en la sombra de lo abyecto, de lo humanamente monstruoso. Es el amor altruista que a menudo está fuera del conflicto. Le gusta la poesía y la filosofía.

No olvidemos la fe que mueve montañas, y que el amor fanático es capaz de llevarte ensangrentado hasta la cumbre o ganar batallas feroces. Tal es la fuerza de la fe pero también de su consorte el miedo. Es el sentimiento devoto ante el Dios todopoderoso, la Verdad Única, la Razón contundente e inapelable. Así sea, así sea por los siglos de los siglos con la cabeza gacha, con la plegaria monótona, con las razones simples. Con ira, abierta o contenida, pero siempre por el bien de todos.

El amor al prójimo no es lo contrario del amor propio, en verdad se parecen un poquito. Ya lo decía Jesús, «ama al prójimo como a ti mismo» y es que la alteridad nos remite siempre a nuestra propia interioridad. Amar a los otros es como amar la otredad que nos vive, no hay mucha diferencia. La consigna es poner la otra mejilla.

Y está el amor Amor que consiste en amar porque es el propio estado natural. Sin esfuerzo, sin intereses y sin objetivos. No es un amor que va y viene pues está presente como está el perfume de una flor. No es una cuestión milagrosa y habitualmente pasa desapercibido. Nunca reclama la palabra amor y no está dispuesto a hacer concesiones. Pertenece al alma cuando sonríe y cuando percibe la simplicidad de la vida al dejar de estar separado de ésta. Siempre envuelto en un mundo infinitamente desconocido. Probablemente el amor no es nunca lo que uno se imagina y aunque está por doquier somos ciegos ante su cercanía.

Ahora bien el amor nunca es de uno aunque lo experimente y se vuelca al otro, sea éste quien sea, porque el amor es un niño, un dios ingenuo que no le importa en absoluto la importancia personal que lastra el amor que vivimos.

Recuerda, esta carta debe abandonar tus manos antes de que la luna deje de maravillarte y antes de que las selvas desaparezcan. Envía tantas copias como quieras. Añade nuevos amores y rehaz los que consideres. Mucha gente ha sido sorprendida por esta carta y ha mejorado su vida al transmitir esta cadena de amor, o no –nunca se sabe-. Pero no olvides, con amor todas las cosas son posibles.

Julián Peragón Arjuna
Yoga Síntesis

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Carta de Einstein a su hija

LA FUERZA UNIVERSAL DEL AMOR
A Lieserl Einstein:
Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo.
Te pido aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación.
Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR.
Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas.
El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor.
Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo.
Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E=mc2 aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.
Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiente que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.
Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.
Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.
Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta!.
Tu padre,
Albert Einstein

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Soy amado, luego existo

Todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros…” // Dostoievski

Nadie es nadie hasta que no es querido por alguien, de ahí la frase de Amado Nervo: “es para mí una cosa inexplicable el por qué se siente uno capaz de ser bueno al sentirse amado”. Amar a otro, amarle de verdad, amarle allí donde la pequeña manía nada tiene ya que ver con la grande y verdadera pasión, amarle más allá del juramento de fidelidad a la belleza y más allá del dictado de su obsesión y de su despotismo, escribía Gabriel Marcel, significa decirle: mientras yo viva tú no has de morir. Alarguemos ahora la afirmación de Marcel: aunque también yo tu enamorado/a muriese, aunque me llegara el final a mí que soy mortal y entonces también tú desaparecieses con mi muerte, sin embargo, si existiera ese Ser que – inmortal Él – desde siempre nos amara y nos amara para siempre, entonces nosotros dos seríamos rescatados para la eternidad amorosa y la muerte no prevalecería jamás sobre nuestra vida. Pues, así como en la tierra es ya el amor lo que nos constituye y salva, y el desamor lo que nos destituye y condena, así también en el cielo si existiera el Dios Amor garantizaría la eternidad amándonos más allá del tiempo y de la humana caducidad: desde siempre, para siempre, por los siglos de los siglos. Como escribiera santo Tomás, “el amor es el nombre de la persona”, y en nombre de ese nombre, que es don, todo lo bueno se nombra. Si el nombre de quien vive con criterio de humanidad es amor, el antihombre de quien vive en inhumanidad es odio. La respuesta humana al misterio del “qué es el hombre” no es el mero “yo pienso”, sino un “yo (te) quiero”. Lo que singulariza al mundo humano es que en él ocurre entre ser y ser algo que no encuentra para en ningún otro rincón de la naturaleza. Sus raíces se hallan en que un ser busca otro ser, en cuanto que este otro ser concreto, para comunicar con él en una esfera común a los dos, pero que sobrepasa el campo propio de cada uno. Es la esfera del “entre”. El personalismo comunitario no comienza por el cartesiano “pienso, luego existo”, sino por el “soy amado, luego existo”… // Carlos Díaz

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