El hacedor de lluvias

Una historia taoísta

Era la estación de las lluvias, pero ellas no aparecían. Los campos sufrían con la sequedad, la tierra se agrietaba, el ganado no encontraba pastos, los habitantes del pueblo invocaban a los espíritus benignos, pero el cielo seguía sin mostrar una sola nube.
Los afligidos campesinos reunidos en la plaza principal, junto con los ancianos que formaban el gobierno de la aldea, decidieron que iría una comitiva de ellos hacia otro pueblo distante donde habitaba un «hacedor de lluvias». Estaban dispuestos a traerlo como fuera, procurando conmover su corazón con la miseria que veían venir sobre ellos a causa de la sequía.
Cuando regresaron en feliz cumplimento de su misión, les dio la bienvenida una multitud entusiasta dispuesta a obedecer cualquier exigencia del «hacedor de lluvias». Éste era un anciano de aspecto humilde y tranquilo. Sus peticiones fueron modestas: una choza para él solo, una ración diaria de arroz y de té, no ser molestado durante una semana, porque necesitaba absoluta soledad. Así se hizo.
Al término de la semana, llovía, y llovió sin parar por tres días. La tierra yerma absorbía con avidez la vida que le daba el agua, la gente bailaba por las calles con el rostro vuelto al cielo que por fin se había acordado de ellos. Cuando despejó y apareció el arco iris, el anciano salió de la choza. Todo el pueblo fue a darle las gracias, a ofrecer en retribución lo que él pidiera, y a preguntar cómo había hecho el milagro.
Muy sencillo – respondió el anciano – este pueblo no estaba en armonía con el Tao y eso perturbó el ciclo acostumbrado de las cuatro estaciones. Bastaba que un solo hombre lo estuviera para que los demás se fueran armonizando y el orden natural de las cosas se restableciera…

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Las babuchas de Abu Kassim

Cuento sufí

Abu Kassim era rico, riquísimo y como muchos ricos intentaba evadir impuestos ocultando su riqueza en sus babuchas. Hasta el más mísero de los mendigos de Bagdad se hubiera muerto de vergüenza calzando unas babuchas tan míseras como las que calzaba este acaudalado personaje. Pero Abu Kassim y sus babuchas se habían convertido en inseparables, pese a que éstas se hubieran convertido en un emblema de avaricia, y en la burla de las gentes de la ciudad.
Esta historia parte del día en que el avaro pudo ultimar un excelente negocio, comprándole a un comerciante arruinado, a precio bajísimo, una gran partida de frascos de vidrio. Por si fuera poco, al poco rato adquirió por una mísera suma un stock de esencia de rosas proveniente de la quiebra de un perfumista. Fue entonces cuando la admiración y la envidia se apropiaron de los corazones de los comerciantes que se preguntaban qué haría Abu Kassim con tanto dinero, ¿se compraría por fin unas babuchas decentes?
Ajeno a los comentarios de sus conciudadanos, Abu Kassim se dirigía feliz y orgulloso a celebrar su fortuna en los baños públicos. En el vestíbulo dejó su chilaba y sus amadas babuchas, y allí mismo quiso el destino que se encontrara con un viejo conocido, rico comerciante como él, que cariñosamente le recriminó el lamentable estado de su calzado. Mientras se dirigían juntos a tomar un baño, el buen amigo le confesó al avaro cuánta pena le causaba ver cómo se había convertido en el hazmerreír de toda la ciudad, haciéndole partícipe de los múltiples comentarios que se hacían sobre sus miserables babuchas.
Quiso el destino que en el momento en que Abu Kassim regresara al vestuario, se cruzase con el Cadí de Bagdad, que se dirigía a tomar un baño. El rico comerciante saludó pomposamente al Cadí, y cuando llegó al vestuario creyó volverse loco. ¿Dónde estaban sus babuchas? ¡Habían desaparecido!
En su lugar había otro par de babuchas, nuevas, lujosas, bordadas con pedrerías, extraordinarias. Sin duda se trataba de una sorpresa, de un regalo de su generoso amigo. Esta agradable sorpresa le evitaría la penosa tarea de tener que comprar otras babuchas. Un razonamiento con el que abandonó los baños sonriendo de oreja a oreja.
Cuando el Cadí volvió al vestíbulo no podía dar crédito a sus ojos. En lugar de sus magníficas babuchas nuevas, regalo de un rey de Oriente, se encontró con el calzado mugriento y asqueroso de Abu Kassim. ¿Cómo había tenido éste la desfachatez de saludarle efusivamente para luego robarle sus babuchas nuevas? Montado en cólera mandó que buscaran al culpable para que lo detuvieran. Y no fue difícil acusarle, porque medio Bagdad ya hablaba de las babuchas nuevas de Abu Kassim, mientras la otra mitad de la población todavía hablaba de las viejas.
Por primera vez en la historia de la ciudad, el juicio fe limpio, rápido e imparcial: el Cadí limpió a Abu Kassim de la mitad de su fortuna.
Casi tan destrozado como sus babuchas, el avaro volvió a casa y, presa de un súbito ataque de cólera, las arrojó por la ventana, cayendo éstas en el río Tigris que discurría a pocos metros de su jardín. Por fin el acaudalado comerciante se había librado de la causa de su desgracia.
Sin embargo, unos días más tarde, el Cadí organizó un concurso de pesca. En el centro de la multitud, con una flamante caña de pescar, su Excelencia tuvo la impresión de haber capturado una pieza de excepción, pero a pesar de su pericia no podía con ella y hubo de pedir ayuda. Acudieron otros pescadores con sus redes y con gran esfuerzo lograron arrancarle al río su trofeo. No es difícil imaginar que pescaron las famosas babuchas de Abu Kassim, cuyos clavos (el avaro las había remendado en más de una ocasión con clavos) ocasionaron una serie de roturas en las redes, desatando la ira de los pescadores que se quejaron al Cadí exigiendo una indemnización.
El juicio fue más rápido y justo que el anterior. Una nueva multa le fue impuesta a nuestro avaro y se autorizó a los damnificados a que siguieran la ley del “ojo por ojo, diente por diente”. La venganza no se hizo esperar. Los pescadores arrojaron las babuchas por la ventana de la casa de Abu Kassim, con tan mala suerte que fueron a caer encima de los preciosos frascos llenos ya de perfume de rosas, los cuales no sólo se rompieron sino que se echó a perder el costoso perfume.
Ane tal desastre, Abu Kassim maldijo sus babuchas y aquella misma noche se dispuso a enterrarlas para siempre en el jardín. Pero quiso el azar que en aquel preciso instante fuera observado por su vecino, quien se extrañó que el rico se esforzara en cavar teniendo tantos sirvientes, no encontrando más explicación que ahí hubiera un tesoro escondido.
El vecino no tardó en dirigirse al palacio del Cadí a denunciar a Abu Kassim, pues cualquier tesoro pertenece por ley al Califa, y aquel que hallase uno y no lo entregara a las autoridades, estaría defraudándole.
Abu Kassim fue nuevamente detenido y de nuevo hubo de pagar una multa millonaria para ser liberado. ¿Cómo podía liberarse de sus babuchas? maldecía y se preguntaba el avaro. Decidió sacarlas de la ciudad y las arrojó a un estanque en mitad del campo. Fue una mala elección ya que en realidad las había arrojado al embalse que aseguraba el suministro de agua a la ciudad. Arrastradas por un remolino, las babuchas fueron a obstruir el orificio por donde tenía que salir el agua.
De nuevo fue acusado Abu Kassim y hubo de pagar una multa mayor que la anterior para librarse de la cárcel. ¡Qué costosas le habían resultado esas babuchas! Tenía que encontrar una solución para acabar con ellas. Decidió quemarlas pero como todavía estaban húmedas, las puso a secar en el balcón, con tan mala suerte que el perro se puso a jugar con ellas. Una de las babuchas fue a caer en la cabeza de una mujer embarazada que en ese preciso instante pasaba por debajo del balcón. El horrible susto la hizo abortar, y su marido no tardó en denunciar a Abu Kassim, reclamándole daños y perjuicios.
El juicio no se hizo esperar y nuestro avaro personaje tuvo que pagar una cantidad de dinero tan enorme que quedó totalmente arruinado. En su desesperación clamó al Misericordioso: “Señor, estas babuchas han sido las causantes de todos mis sufrimientos. Me han reducida a la mendicidad de por vida. Voy a tener que calzarlas, no ya por avaricia, sino porque no tengo otro calzado.”
Así, Abu Kassim aprendió en su propia carne muchas cosas, pero la más importante fue el descubrir cuántas desgracias pueden acontecerle a aquél que se esconde en unas babuchas.

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Salvador

Una vez vivía un pueblo en el lecho de un gran río cristalino. La corriente del río se deslizaba sobre todos sus habitantes; jóvenes y ancianos, ricos y pobres, buenos y malos y la corriente seguía su camino ajena a todo lo que no fuera su propia esencia de cristal.
Cada criatura se aferraba como podía a las ramitas y rocas del lecho del río, porque su modo de vida consistía en aferrarse y porque desde la cuna todos habían aprendido a resistir la corriente. Pero al fin una criatura dijo: ‘Estoy harta de asirme, aunque no lo veo con mis propios ojos, confío en que la corriente sepa hacia donde va. Me soltaré y dejaré que me lleve a donde quiera. Si continúo inmovilizada, me moriré de hastío. Las otras criaturas rieron y exclamaron: ¡ Necia ! ¡Suéltate y la corriente que veneras te arrojará, revolcada y hecha pedazos contra las rocas, y morirás más rápidamente que de hastío! Pero la que había hablado en primer término no les hizo caso, y después de inhalar profundamente se soltó; inmediatamente la corriente la revolcó y la lanzó contra las rocas. Mas la criatura se empecinó en no volver a aferrarse, y entonces la corriente la alzó del fondo y ella no volvió a magullarse ni a lastimarse.
Y las criaturas que se hallaban aguas abajo, que no la conocían, clamaron: ¡ Ved un milagro! ¡ Una criatura como nosotras, y sin embargo vuela! ¡ Ved al Mesías que ha venido a salvarnos a todas! Y la que había sido arrastrada por la corriente respondió: ‘No soy más Mesías que vosotras. El río se complace en alzarnos, con la condición de que nos atrevamos a soltarnos. Nuestra verdadera tarea es éste viaje, ésta aventura ’.
Pero seguían gritando aún más alto: ¡salvador!, sin dejar de aferrarse a las rocas. Y cuando volvieron a levantar la vista, había desaparecido, y se quedaron solas, tejiendo leyendas acerca de un Salvador… // Ilusiones – Richard Bach

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La leyenda del tablero de ajedrez y los granos de trigo

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo reinaba en cierta parte de la India un rey llamado Sheram.
En una de las batallas en las que participó su ejército perdió a su hijo, y eso le dejó profundamente consternado. Nada de lo que le ofrecían sus súbditos lograba alegrarle.
Un buen día un tal Sissa se presentó en su corte y pidió audiencia. El rey la aceptó y Sissa le presentó un juego que, aseguró, conseguiría divertirle y alegrarle de nuevo: el ajedrez. Después de explicarle las reglas y entregarle un tablero con sus piezas el rey comenzó a jugar y se sintió maravillado: jugó y jugó y su pena desapareció en gran parte. Sissa lo había conseguido. Sheram, agradecido por tan preciado regalo, le dijo a Sissa que como recompensa pidiera lo que deseara.
– Sissa, quiero recompensarte dignamente por el ingenioso juego que has inventado —dijo el rey.
El sabio contestó con una inclinación.
– Soy bastante rico como para poder cumplir tu deseo más elevado —continuó diciendo el rey—. Di la recompensa que te satisfaga y la recibirás.
Sissa continuó callado.
– No seas tímido —le animó el rey—. Expresa tu deseo. No escatimaré nada para satisfacerlo.
– Grande es tu magnanimidad, soberano. Pero concédeme un corto plazo para meditar la respuesta. Mañana, tras maduras reflexiones, te comunicaré mi petición.
Cuando al día siguiente Sissa se presentó de nuevo ante el trono, dejó maravillado al rey con su petición, sin precedente por su modestia.
– Soberano —dijo Sissa—, manda que me entreguen un grano de trigo por la primera casilla del tablero del ajedrez.
– ¿Un simple grano de trigo? —contestó admirado el rey.
– Sí, soberano. Por la segunda casilla, ordena que me den dos granos; por la tercera, 4; por la cuarta, 8; por la quinta, 16; por la sexta, 32…
– Basta —le interrumpió irritado el rey—. Recibirás el trigo correspondiente a las 64 casillas del tablero de acuerdo con tu deseo: por cada casilla doble cantidad que por la precedente.
Pero has de saber que tu petición es indigna de mi generosidad. Al pedirme tan mísera recompensa, menosprecias, irreverente, mi benevolencia. En verdad que, como sabio que eres, deberías haber dado mayor prueba de respeto ante la bondad de tu soberano. Retírate. Mis servidores te sacarán un saco con el trigo que solicitas.
Sissa sonrió, abandonó la sala y quedó esperando a la puerta del palacio.
Durante la comida, el rey se acordó del inventor del ajedrez y envió a que se enteraran de si habían ya entregado al irreflexivo Sissa su mezquina recompensa.
– Soberano, están cumpliendo tu orden —fue la respuesta—. Los matemáticos de la corte calculan el número de granos que le corresponde.
El rey frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que tardaran tanto en cumplir sus órdenes.
Por la noche, al retirarse a descansar, el rey preguntó de nuevo cuánto tiempo hacía que Sissa había abandonado el palacio con su saco de trigo.
– Soberano —le contestaron—, tus matemáticos trabajan sin descanso y esperan terminar los cálculos al amanecer.
– ¿Por qué va tan despacio este asunto? —gritó iracundo el rey—. Que mañana, antes de que me despierte, hayan entregado a Sissa hasta el último grano de trigo. No acostumbro a dar dos veces una misma orden.
Por la mañana comunicaron al rey que el matemático mayor de la corte solicitaba audiencia para presentarle un informe muy importante.
El rey mandó que le hicieran entrar.
– Antes de comenzar tu informe —le dijo Sheram—, quiero saber si se ha entregado por fin a Sissa la mísera recompensa que ha solicitado.
– Precisamente por eso me he atrevido a presentarme tan temprano —contestó el anciano—. Hemos calculado escrupulosamente la cantidad total de granos que desea recibir Sissa. Resulta una cifra tan enorme…
– Sea cual fuere su magnitud —le interrumpió con altivez el rey— mis graneros no empobrecerán. He prometido darle esa recompensa, y por lo tanto, hay que entregársela.
– Soberano, no depende de tu voluntad el cumplir semejante deseo. En todos tus graneros no existe la cantidad de trigo que exige Sissa. Tampoco existe en los graneros de todo el reino. Hasta los graneros del mundo entero son insuficientes. Si deseas entregar sin falta la recompensa prometida, ordena que todos los reinos de la Tierra se conviertan en labrantíos, manda desecar los mares y océanos, ordena fundir el hielo y la nieve que cubren los lejanos desiertos del Norte. Que todo el espacio sea totalmente sembrado de trigo, y ordena que toda la cosecha obtenida en estos campos sea entregada a Sissa. Sólo entonces recibirá su recompensa.
El rey escuchaba lleno de asombro las palabras del anciano sabio.
– Dime cuál es esa cifra tan monstruosa —dijo reflexionando.
– ¡Oh, soberano! Dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince.
Es decir, serían necesarias las cosechas mundiales de algo más de un milenio, es decir ¡¡más de mil años!! para sumar esa cantidad de trigo…

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